miércoles, 14 de marzo de 2012

La madre con los oídos rotos, y otra ciudad en ruinas.

La madre con los oídos rotos, y otra ciudad en ruinas.

Los ves, y son todo máquina 
soltada no ha mucho, 
para ser embebida en el amor restante 
de esos días oscuros. Haber cerrado los ojos para ver morir el sol, siendo obligados a cerrarse. Los mismos 
que se siempre se abrían, desde el principio. 

Corríamos con el amor chorreándonos, hiriendo esas pobres calles 
a punto de ser muertas, con edificios vivos e inhertes vidrios, 
a punto siempre de ser nuestro corazón. 

Habrá que romperse, y romper, 
para que resuene en todas partes 
esta injusticia.

Sacándonos el amor como una mochila, 
mirábamos los adoquines grises 
y el cielo celeste de toda tarde, 
con el sol en alguna otra parte,
seguramente acurrucado 
atrás de las grandes estructuras; 
queríamos que se filtre nuestro amor, 
por canaletas y bocacalles; 
por las hiancias de los adoquines; 
para que no sea perdido, 
y perdure mas que nosotros,
siendo nuestro legado; 
y que vuelva a estar en un cuerpo 
alguna otra vez. 

Nadie se quería llevar el amor a la tumba.

Correr velozmente por los adoquines con otros pies, 
hacia ninguna parte. 
Los aviones y los desiertos, con sus bombas y sequías; 
la firmeza inconmovible de todo lo que configura nuestra fragilidad; 
cuerpos de papel a incendiar, y a ser escritos 
con tinta-sangre. 
Lo áspero, espeso, y maloliente 
del diluvio de fuego, 
que nos une tripas y recuerdos 
obligándonos a dejar de respirar. 

Si por lo menos yo tuviera todavía un cuerpo,
pero lo vi doblar en otra esquina,
con mamá, de cuyo amor me había olvidado, 
para volverlo a ver, desnudo,
del todo expuesto, 
llorando con ella 
con los oídos todos rotos, 
devorados todo el tiempo por los estruendos; 
rotos con el suelo y las pirámides. 

Con ellos se fue mi cuerpo;

y con otros N.N. 

No poder mas, ni volver, ni estar allí. 

Que mi amor líquido y mi sangre 
penetren este nuestro suelo, 
impedido de ser fecundo, 
para que deje de estar herido
y darle vida.

El suelo en el que nos desparramaron. 

Todo lo que nuestra historia fue, 
son hoy los oídos de mi mamá que escucha, vastos como el continente, 
y tristes-desgarrados como nuestro fin.

26/3/05 Payasito loco